02 de Abril de 2014 | Rosario | Diario CRUZ DEL SUR
Malvinas, la guerra y sus relatos

A 32 años del desembarco, un historiador y una escritora exploran el costado más íntimo de un conflicto cuyo final quedó desdibujado por el comienzo de la democracia. “Hay una gran deuda intelectual de parte del progresismo”, dice Federico Lorenz, especialista en el tema.

Pablo Makovsky │ Cruz del Sur


A 32 años del desembarco de soldados argentinos en Malvinas –tenían orden de no abrir fuego letal contra los militares británicos, lo que le costó la vida a un capitán durante la toma de la casa del gobernador de las islas–, la guerra que atravesó el país entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982 es todavía una zona lejanamente iluminada por el fuego –para usar la metáfora del film de Tristán Bauer– de la contienda que dejó un total de unos 900 muertos.

Las “operaciones” de los últimos años desde la ficción y la documentación apuntaron a la intimidad de esa guerra, a ponerle un rostro que le diera carnadura a algo que comenzó como mal comenzaban las cosas en la última dictadura: autoridades militares que prácticamente secuestraron a cientos de adolescentes y los embarcaron a una guerra a medias que efectivos entrenados en la tortura de civiles desarmados y mujeres embarazadas jamás podían ganar.

En 2007, los historiadores Federico Lorenz –quien ya había realizado un inevitable tomo, “Las guerras por Malvinas”, donde trataba de establecer la especificidad de esa guerra, que luego quedaría como “diluida” en el marco general de la dictadura– y María Laura Guembe reunieron fotografías y testimonios del regreso de los soldados conscriptos que habían estado en Malvinas, “Cruces”: “El libro –nos dice Lorenz– es un registro distinto que trata de reforzar esta idea: los muertos de este país, de los que Malvinas son algunos, no pueden ser ignorados. Allí, en las islas, hay una posibilidad de leer una marca de nuestro pasado, posibilidad que nos fue negada en el caso de otros muertos producidos por la violencia”.

La izquierda en términos generales, salvo por el debate dado en 1982 por el grupo que se reunía alrededor de la revista “Sitio” –Néstro Perlongher, que estaba en Brasil, Eduardo Grüner, entre otros–, evitó meterse de lleno con el tema. Malvinas siempre fue controversial. Incuso Edgardo Esteban, el ex combatiente en cuyo testimonio escrito se basó el film “Iluminados por el fuego”, declaró a la prensa que los organismos de Derechos Humanos se “olvidaron” de Malvinas. Con ese “olvido” Esteban señalaba una incomodidad: Malvinas suele ser vista como una puerta abierta para reivindicar a la dictadura.

“Yo creo que hay una gran deuda intelectual por parte del progresismo –dice el historiador Lorenz–, que confinó cualquier discusión sobre Malvinas a la escala política del asunto. Reducimos la lectura de la guerra a explicarla como una maniobra de la dictadura para perpetuarse. Claro que lo fue, pero esto no debería hacer que dejáramos de considerar la variable de la experiencia de los más directamente involucrados en el conflicto, los ex combatientes, sus familiares, las familias de los muertos, así como las diferentes intensidades con las que la guerra fue vivida, por ejemplo, en lugares más cercanos a las islas (y a la guerra) como la Patagonia. Es curioso que si las voces de los sobrevivientes fueron centrales para profundizar y diversificar la discusión sobre la dictadura, esto no haya sido posible en el caso de la guerra del 82”.

En “Cruces”, las fotografías, la gran mayoría muy personales, desde el momento de la conscripción hasta el regreso al continente, pasando por las trincheras, la rendición y hasta la estadía como prisioneros en un barco inglés, tienen un protagonismo fundamental. Proceden de colecciones inglesas, construidas a partir del despojo de los campos de batalla y de las requisas a soldados argentinos. Otras, de los álbumes personales y familiares de ex combatientes o sus familias. “Creo que su principal aporte –dice Lorenz–, en términos de «sacar a la luz» algo, es que el recorte que elegimos hacer busca la mirada de los protagonistas mayoritarios de la guerra, los soldados conscriptos. Tratamos de incluir el mayor número posible de fotografías de ellos, en el sentido no del objeto, sino de la perspectiva: la forma en la que ellos quisieron retratarse, perpetuarse”.

Transición

La inmediata posguerra coincidió con la transición a la democracia, “hubo una vocación refundacional que forzosamente necesitó del olvido”, analiza Lorenz. Pero también hubo “un mecanismo de desentendimiento social de responsabilidades mediante la concentración tanto de las culpas como de la victimización en sectores sociales bien definidos”, y agrega: “En el caso de los ex combatientes y sus familias, esto fue y aun hoy es evidente. Las fotos del libro no circularon (hasta su publicación) porque hubo quienes no hicieron las preguntas necesarias, y esto potenció la marca del dolor o del impacto de la experiencia en otros. Se trata de una grieta más producida por la dictadura: aislar a la víctima o al actor en su experiencia. Dificultar, impedir la circulación de experiencias, que es una forma de construir redes sociales”.

Hundidos

El mismo Lorenz dirá que desde la perspectiva del historiador encuentra que “en la literatura se han avanzado muchas más discusiones sobre las consecuencias de la guerra que en otros registros, que se nutren fundamentalmente del material documental, lo mismo que en las pocas películas que se hicieron”.

Uno de los últimos libros de ficción sobre Malvinas se publicó en 2010, “Trasfondo”, de Patricia Ratto, y transcurre en el submarino ARA San Luis durante su misión en la guerra de Malvinas. La historia recoge hechos reales, pero es una ficción, la tercera que viene a contar, de algún modo, la historia de esa guerra. Las anteriores fueron “Los pichiciegos”, de Fogwill, y “Las islas”, de Carlos Gamerro. Trasfondo es un juego de alusiones, con su creación de una inmersión dentro de otra, la creación de una fantasmagoría que se expresa mejor en lo que respira que en lo que cuenta. En definitiva, la ficción es eso: la respiración del lenguaje en esos límites de la historia en que el discurso, la palabra parece extinguirse.

Para escribir “Trasfondo” la escritora visitó el submarino ARA Salta, gemelo del San Luis y casi una reliquia que la Fuerza de Submarinos de la Marina argentina comprara a Alemania tras la Segunda Guerra. Una máquina noble, pero desvencijada y en malas condiciones para hacer frente a un enemigo poderoso, que había desplegado en el Atlántico Sur su fuerza imperial, su larga tradición de guerreros de alta mar. Patricia Ratto dio con los submarinistas, los entrevistó, de algún modo les tomó el pulso, se familiarizó con el interior del submarino y desplegó sus propias tinieblas en esos 39 días de navegación a ciegas que duró la misión asignada a 35 hombres que nunca llegaron a ver las islas, que disponían de torpedos que no detonaban y eran buscados desde la superficie por helicópteros y buques de guerra bien provistos y modernos.

La historia que dio pie a Trasfondo llegó a oídos de Patricia Ratto en un acto por Malvinas, en 2009, en la escuela nacional Ernesto Sábato de Tandil, donde vive y trabaja como profesora. “Allí había un veterano de guerra que contó que tenía diecinueve años cuando estuvo en el submarino y comenzó a relatar cómo había sido su experiencia –cuenta Patricia–; yo me interesé por su testimonio, pero como tenía que ir a dar clase a otra escuela me tuve que retirar. A pesar de lo poco que había escuchado, la historia hizo su impacto, quedó en mi cabeza, me rondaba todo el tiempo, no podía evitarla. Entonces me puse en campaña para tratar de localizar a esta persona, algo que me dio bastante trabajo, hasta que finalmente conseguí su dirección. Me reuní con él y –debo confesarlo– mientras lo escuchaba comencé a pensar en abandonar el proyecto, porque me di cuenta de que no se podía escribir esta historia si no se sabía mucho de cuestiones técnicas de la navegación y de la guerra, y cuestiones prácticas de la vida en el submarino. Además, un único testimonio era poco para una historia que tenía tantas aristas. Y desistí, sí, pero seguía sin poder olvidar. Así que reconsideré y, allá por octubre de 2009, me fui a visitar el Museo de Submarinos. Pregunté si podía visitar un submarino, pero estaban en campaña. Entonces me volví a Tandil y entré en Internet, en una página de veteranos que se llama El Malvinense, y dejé un mensaje diciendo que tenía intención de contactarme con tripulantes del ARA San Luis, veteranos de Malvinas, para conocer mejor esta historia”.

La escritora necesitaba detalles sobre el funcionamiento del submarino, sobre los estrechos corredores en los que sólo pasa un hombre, las cuchetas que deben levantarse para hacer funcionar la sala de torpedos, cómo toma aire la nave (snorkel), qué es un rumor hidrofónico (la identificación que hace el sonarista de otros buques a través de sonidos). “Entrevisté a tripulantes que cumplían diferentes funciones en el submarino –cuenta la escritora–, en diferentes localizaciones (el enfermero, el cocinero, el timonel, el planero, el torpedista, el motorista, el electricista, el técnico en computación, etcétera). Hice más de una entrevista a cada uno. En la primera, les pedía que me contaran lo que ellos quisieran. Las del sonarista fueron entrevistas clave, porque (eso lo fui entendiendo de a poco), el submarino es una nave ciega, nada se ve bajo el agua, todo lo que ocurre en el exterior debe ser reconstruido a partir de la escucha de un oído atento y entrenado que debe determinar, en segundos, si lo que oye es un submarino o un banco de krill, o tiene que contar las revoluciones de los motores para determinar el tipo de embarcación que la produce, si es una fragata misilística, un carguero, un portaaviones; sobre todo en esa época en que no había tantos adelantos como ahora, menos en Argentina”.

En las entrevistas que se sucedieron a “Trasfondo”, en los artículos que se escribieron, no faltaron quienes acusaron a Ratto de tergiversar, de no ser fiel a los hechos. Sin embrago, la novela es menos una sucesión de acontecimiento que conocemos por el relato de lo que fue la guerra, que el paisaje interior de unos hombres sumergidos en un mar helado, unos hombres cuyo trabajo es desaparecer en el mar, que de a poco pierden la noción del tiempo y que son asaltados por eso que sucede allá, en la superficie, de la que casi no tienen noticias: el hundimiento del crucero General Belgrano, el intento de hundir una fragata inglesa con un torpedo que no detona. “Hay cuestiones, en esta novela, que parecen recursos literarios y en realidad no lo son. Uno de ellos es esa niebla que los hace desaparecer cuando parten de Mar del Plata, y esa niebla que les impide ver, las pocas veces que sacaron el periscopio. Eso fue así (iba a poner que «en realidad» fue así y cada vez me cuesta más hablar de «realidad»). Y está, por otra parte, la imposibilidad de ver hacia fuera del submarino (no hay ojos de buey, ventanas, o como se las quiera llamar, en un submarino). Eso es así, no es un recurso de la novela. Empiezo a pensar que quizá fueron esas cuestiones las que me hicieron interesarme por la historia”.